Desde FUPIA recordamos un año después de su fallecimiento a quien fue compañero, referente y defensor incansable del patrimonio industrial granadino.
Hay personas que transforman la manera en que ves el mundo. Para quienes formamos FUPIA, Miguel Giménez Yanguas fue una de ellas. Ingeniero industrial, profesor universitario y defensor en el sentido más noble del término, dedicó buena parte de su vida a una tarea que entonces tenía poco reconocimiento y hoy resulta fundamental: salvar la memoria material de la industria antes de que desapareciera para siempre. Un año después de su fallecimiento, sentimos la obligación -y el privilegio- de contarlo.
Una infancia que lo explica todo
Nacido en Málaga en 1939 de padres granadinos, llegó a Granada en 1943, donde transcurrió parte de su niñez entre ingenios azucareros. Su padre, Miguel Giménez Lacal, estaría al frente de tres ingenios malagueños entre 1937 y 1943 tras su experiencia como director de la fábrica azucarera de San Isidro (1936), donde regresaría por segunda vez hasta 1952. Esa experiencia de infancia —rodeado de maquinaria en funcionamiento, de procesos técnicos, del ritmo industrial de una instalación viva— no fue un detalle biográfico menor. Fue el origen de una sensibilidad que marcaría todo lo que vino después. Lo que en el niño era curiosidad se convirtió, en el ingeniero y el profesor, en convicción: aquellas máquinas, instrumentos y archivos contaban una historia que merecía ser preservada.
Esta vivencia temprana se convertiría en el germen de lo que posteriormente sería una de las colecciones privadas de patrimonio industrial más importantes del país. Cuando conocimos a Miguel en 2010, esa convicción era ya una forma de vida.

La colección
No acumulaba objetos: los rescataba. Y esa distinción, que a primera vista parece sutil, lo cambia todo.
Durante décadas, mientras Granada cerraba fábricas y desmantelaba instalaciones, Miguel intervenía por iniciativa propia con la colaboración de quienes se convirtieron en sus compañeros de aventuras y desventuras en la defensa del patrimonio industrial. La Fábrica del Pilar en Motril es uno de los ejemplos más conocidos de su labor, pero hubo muchos otros espacios industriales cuya memoria material habría desaparecido sin su intervención.
Miguel no solo recuperaba o adquiría piezas de los chatarreros: las estudiaba, las contextualizaba y las documentaba. Entendía que un instrumento de medida sin historia es un objeto; con historia, un testimonio. Esa misma filosofía la trasladó a la Universidad de Granada, donde impulsó la Escuela Taller de Restauración del Patrimonio Científico e Industrial, un espacio pionero dedicado a la recuperación, documentación y puesta en valor de maquinaria histórica y objetos tecnológicos singulares.

Trabajos de catalogación en agosto de 2022.
En 2022, Miguel confió en nosotros. Abrió su casa y sus almacenes para que la Fundación iniciara un trabajo de catalogación sistemática de su colección. Lo que encontramos dentro nos dejó sin palabras: posiblemente más de un millar de objetos técnicos, predominantemente datados en los siglos XIX y XX, reunidos con un carácter azaroso pero sistemático.
Ese caluroso verano catalogamos 310 piezas clave —estado de conservación, procedencia, singularidad técnica— con una metodología compatible con las grandes redes museísticas nacionales. Fue un trabajo técnico intenso, pero también una experiencia humana difícil de olvidar. Miguel estaba allí, explicando, aportando contexto, recordando de dónde había llegado cada pieza.
El regreso a San Isidro
En septiembre de 2024, momentos antes del acto de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada por sus extraordinarios valores humanos y sus actividades en defensa del patrimonio industrial, Miguel expresó su deseo de legar parte de su colección a la UGR:
«Quiero que las máquinas que tengo en mi casa vayan a la Azucarera de San Isidro».
El museo previsto en la propia Azucarera de San Isidro, futuro campus hoy en proceso de recuperación por la Universidad de Granada, prevé abrir sus puertas próximamente con la maquinaria rescatada y el archivo procedentes de su colección.
Hay en ello una coherencia que nos emociona: lo que empezó en aquella azucarera, vuelve a ella. La maquinaria que recogió, el archivo familiar que preservó, el conocimiento acumulado durante décadas – todo regresa al lugar de origen. A ello se suma que el curso de especialización IAPH-FUPIA-UGR sobre ‘Catalogación y gestión del patrimonio industrial mueble’ incluye ya una visita específica a la Azucarera, formando a los profesionales que tendrán en sus manos la puesta en valor del patrimonio industrial mueble en los próximos años. El trabajo de Miguel está, de algún modo, formando a sus propios continuadores.

Nave de la Azucarera de San Isidro. Imagen cedida por Archivo UGR.
Lo que nos dejó, más allá de las máquinas
Tras un año de ausencia, desde FUPIA queremos compartir la idea que Miguel dejó tras de sí: el patrimonio industrial no es una categoría técnica ni un expediente administrativo. Es memoria viva. Es la historia de cómo trabajaron, qué inventaron y cómo vivieron las personas que nos precedieron. Y esa historia solo sobrevive si hay alguien dispuesto a defenderla.
Él lo hizo durante más de cuatro décadas, con convicción y firmeza. Nosotros seguimos su ejemplo: documentando, difundiendo, defendiendo. Y recordándole, porque recordar a quienes protegieron lo que otros ignoraron es también una forma de patrimonio.
Gracias, Miguel.








