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La Fábrica de Artillería

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La Fábrica de Artillería era la Fundición, como la calle San Bernardo era la calle Ancha. Aquel barrio estrangulado por la vía del tren era la viva imagen de Beirut. Años 70. Derribos, cascotes, ruinas apuntaladas con vigas de madera podrida. Sevilla triste, decadente y decaída. Tiendas de comestibles donde los obreros de la Fundición se comían el bocadillo de las doce. La sirena también tenía nombre propio: el pito. Sonaba a las siete menos cuarto de la mañana. Tres pitidos, el último a las siete en punto, como tres avisos. Luego a las doce. El último, a las tres de la tarde, hora propicia para el tinto Savin o Cobiella en las mismas tiendas de Marco o de Palmira, o en esa accesoria regentada por un tendero con apodo digno de Cela en un retrato carpetovetónico: el Pringoso.
La Fábrica de Artillería, vulgo Fundición, es el símbolo perfecto de la dejadez sevillana. Si otra ciudad contara en su patrimonio arquitectónico con un edificio así, ¡qué pedazo de museo estaría proyectándose a estas horas! Las ideas surgen solas. Un poner: Museo de las Armas y las Letras. La Sevilla artillera reunida con la literaria como si Garcilaso volviera con su Renacimiento a cuestas. Pero nada de eso ocurrirá. Nadie sabe lo que va a ser de esta fábrica que amenaza ruina. ¿Por qué no se exponen en sus amplias naves los cuadros que no caben en el Museo de Bellas Artes, el costumbrismo del XIX y las vanguardias del XX, la Sevilla reinventada que al final se confundió con la ciudad real? Muy cerca de allí, la vieja estación de San Bernardo, vulgo de Cádiz: en ese barrio todo tenía dos nombres como mínimo. Si Sevilla fuera París, esa estación se habría reconvertido en algo parecido al Quay d’Orsay, cambiando a Van Gogh por Bacarisas, a Pisarro por García Ramos, a Monet por Jiménez Aranda, a Mondrian por Valeriano Bécquer… A cambio, un mercado de abastos, vulgo la plaza, instalado de forma provisional. Como si no existiera un edificio concebido para tal uso al otro lado del puente de San Bernardo. Como si en Sevilla todo se hiciera al revés y sin conciencia alguna del patrimonio que atesora la ciudad. Como si no hubiéramos aprendido las lecciones que nos ha dado el tiempo, ese gran escultor según Marguerite Yorcenar aunque en Sevilla sea el gran destructor de lo que fue.
En estos tiempos se tira con pólvora del rey, se malgastan las balas del presupuesto disparando cigalas como proyectiles que van al estómago agradecido del que manda. Y se abandonan los edificios que podrían darle lustre y esplendor a una Sevilla falta de iniciativas culturales que enriquezcan la mente del indígena y que atraigan al turismo de calidad. Pero está visto y comprobado que nuestras autoridades andan en otros asuntos. Les importa un bledo esta vieja fábrica dedicada a Daoiz y Velarde, los héroes de la Guerra de la Independencia. Si se termina cayendo, mejor. Se recalifican los terrenos y se pone el cazo que rima con el pelotazo. Y asunto resuelto. Y al que se oponga, un poquito de demagogia adobada de pacifismo. Sevilla desmilitarizada y pacifista. Cualquier cosa sirve para salir del paso. Total, para cuatro gatos que protestan…
 
Información generada por abcdesevilla.es, columna opinión de Francisco Robles. Última actualización 23/06/2010.